soñé con una enorme pampa llamada Trelew


dijeron que este era el sueño bucólico de todo explorador que conoce el sur por primera vez.
una desgracia:
mares de gentes
macdonals por todos lados
humo de cianuro
ni un guanaco vi
en esta patagonia mía
de calles sosas, tiendas de ropa y chuchería china.
lo que más odié de todo
fue que fue real.
aún así la hago mía
soy yo tal vez parte de esta calle fosforescente
peor aún, con banderas argentinas por todos lados
de dos estrellas revoloteando por los aires
todas enmarañadas sin saber a dónde ir
me voy encontrando y volviendo a nacer con mi ser argentino
que no existe tanto, realmente
que no es pampa ni guanaco ni verde sol
tampoco son estas veredas
que me remiten a lo fugaces que somos con el tiempo que tengamos aquí.
es el olor de lo que fue algún tiempo atrás
un mapa roto, algo antiguo
mi abuelo sentado, fumando, esperando,
pisando fuerte esta tierra
ecos de niños y campanadas llamando a la iglesia,
mamá sacando la gomina para brillar.
quién sabe cómo fueron estas rutas que hoy me aturden con su presencia;
yo río, nomás
con estas luces dementes,
y el sol enorme que nos embriaga a todos,
con este viento inmenso que nos sacude
ayer, hoy,
quién sabe si siempre.

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Naturaleza aún

Dioses

Amo a los pequeños dioses
que no tienen nombre ni patria
ni estatura.
Amo a los dioses oscuros
que viven sólo un día.
Amo a los dioses sencillos:
el viento amarillo del verano,
el verde viento de la primavera
y las iluminadas mariposas
que al fuego vuelan
y en el fuego mueren.


(Washington Delgado, 1956)

Mirar por el horizonte y sentir el aire que viene como un torbellino,

Las nubes, los colores del cielo que lo cubren todo alrededor

El bosque (verde verdísimo), inmenso

Tan necesario para sentirse enraizado, para sentirse parte de la tierra que nos sostiene a gritos.

Voltear y ver la ciudad, destrozada, gris y en llamas:

Hay algo que se debe hacer.

En cada partícula se encuentra

Lo que tú, yo, todos

Hojas y climas compartimos:

Venimos de una misma Madre que nos abunda de vida

Nos alegra, cuando florece

Nos impone, cuando ruje y truena

Nos emociona, cuando atardece

Nos recuerda a lo efímero que es un segundo en este planeta

Y larga la vida que podemos tener en ella, que en un momento lo cambia todo,

Como pequeños dioses;

La Madre

Lo inunda y nos descontrola,

Nos llora.

Seamos más hijos de esta tierra,

Comer su fruto,

sanar sus troncos y raíces,

vivir con sus gracias cada día

Remitirnos a ese olor de la infancia que huele a leña o

A los eucaliptos pintando el paisaje eterno

A lo lejos vacas y ovejas y ranas y grillos y arañas y todo lo que se te ocurra

Al fuego que lo permite todo: cocinar, abrigarnos, observarnos mejor

-Como luciérnagas en una oscuridad total-

Saber, en fin,

que somos nosotros porque somos como ella,

La naturaleza,

Y que de nosotros depende el Tiempo y nuestro hogar común

y que ella, sin embargo,

callada pero firme

Observadora y constante

Quiere quedarse un rato más.

El irse

Hoy el trascurso del día ha tenido el sabor de una despedida verdosa, a esa sensación que se tiene cuando se despegan los ojos por última vez del mar. A esa mirada última, definitiva. Algo sacro que se te escapa del cuerpo y sientes los segundos eternos alejándose, deteniendo el tiempo de agosto con las fuerzas de un animal esquivo y nocturno.

Ya sé qué es eso que se trepa lento y felino por mis piernas

hasta procurarse en mi cuello explosivo

-seres tintineantes de polvo de azul de cosmos que se esparcen por la luz desierta

y que, juguetones, exploran los pensamientos- :

es la tristeza de irse.

De alejarse de lo próximamente conocido,

del sabor de las olas rompiéndose en la cara

la melancolía del sonido de un tren

el olor lejano a caca mojada con el esplendor de la humedad

una explosión de escarcha sobre las manos

y una pelota vieja rodando por la pampa

-viento sol atardecer eterno-

que se desplaza para siempre, decidida,

y se va lejos,

lejos

lejos.

El olor de la huida

Perplejo, sus ojos se detuvieron en el fuego y, por fin, pudo recordar con claridad el momento en que se fue de su casa, esa vieja barraca al lado del seco pastizal de Yauli. La Plaza San Martín lo acogió por años entre el frío de las calles del Centro y palomas hambrientas al despertar. Ese día vendía cigarros al lado de un farol. No había gente a su alrededor, como era habitual en esos meses inertes, lejos de toda emoción por la vida misma, por los colores poéticos, por las avenidas de ruido y caos. La luz solar irrumpía toda visión con su brillo avasallador: a él no le llegaba la sombra. Lento, vio llegar al viejo escritor que siempre se sentaba en la banca del fondo de la plaza: debían ser ya las dos de la tarde. Cuando pasaba por su lado, solía decir que no le llegaba la inspiración cuando intentaba escribir, que si se quedaba dormido se le pasaba la vida y por eso se sentaba, arrinconado, como una enredadera más, entre los transeúntes tan siempre ocupados, observando desde su incógnita presencia los sucesos diarios. Un hombre viejo, grisáceo. Transparente. Esa vez se saludaron de lejos, esperando ser la mutua presencia cotidiana que se acompaña durante el tiempo, en el ritmo del movimiento leve, en el paso de los colores del cielo. No tardaron mucho en coincidir las miradas cuando, de pronto, comenzaron a escuchar fuertes ruidos que iban explotando como ecos furiosos por las calles aledañas. Voltearon para verlo todo: a pesar del brillo, el sol abrió paso a una de las imágenes más genuinas de todas las que vería alguna vez. Grupos masivos de personas entraban pisando fuerte a la plaza. 

No venían tranquilos. Los había de todas las edades. Gritaban mucho, golpeaban con furia las cacerolas y la revuelta, de pronto, se incrementó. Podía sentir la erupción por donde miraba: era difícil visualizar rostros, entender voces, sentir a las personas. Estrepitoso mar. Un muchacho le compró un par de cigarros y le contó lo que sucedía. Miraron juntos al paradero de Piérola, donde tantas veces amaneció, y la adrenalina trepó por todo su pecho. Asfixiante enredadera. Le prendió un cigarro al chico, agarró bien su mercancía y entró a la masa sin pensar demasiado. “No podemos permitir que los abusos sigan. Ya se acabó, no nos agarran más de cojudos, carajo. El Perú es libre, carajo”, decía una señora con los ojos envueltos en pasión. “Merino no es hijo de este pueblo, ya no más…”, vociferaban alrededor. Siguieron hasta que notaron la presencia de los dinosaurios enmascarados de miedo, detrás de sus armas, que relegaban a todos para mantener el orden. La multitud nunca antes había sido tan océano como en esa tarde de noviembre. 

Fue alucinante.

Unos jóvenes echaron gas a unos troncos de madera que encontraron tirados y las llamas nacieron con la furia de una incipiente nación. Podía sentir al cielo naranja quemando sobre su cara. El fuego, ardiendo ante él, le estalló en el pecho cual memoria enterrada que desea surgir. Ahí, perplejo, sus ojos se detuvieron en las llamas, y como si lo estuviera viviendo de nuevo, saltó con claridad el momento en que se fue de casa, esa vieja barraca al lado del seco pastizal de Yauli. Fue cuando su padre quemó las llantas en la pradera al lado de la carretera para que no se fuera de su pueblo, para que no se vaya lejos. Recuerda correr, correr mucho. La figura del padre se desvaneció con el humo, diluyéndose en el aire. El olor de la huida, recuerda con ternura. Se escapó de su tiranía, de su violenta presencia, de la casa alejándose para siempre.

 Ahí, en medio de la revuelta, estaba la vida misma: se olvidó de sí, de los cigarros, de todo lo que cargó alguna vez, y entró al vasto océano. La plaza, ardiendo. La estatua viendo la historia hacerse desde lo más arriba. Formó una sola voz con la multitud, entre el caos y la esperanza, y así como escapó aquella vez de casa, se quedó con los suyos sabiendo que estaba, por fin, donde tenía que estar. Se acordó: no estaba solo. Buscó rápido con la mirada al viejo escritor de su eterna plaza y no lo volvió a ver nunca más: estaba viviendo su motivo para escribir. 

luna en Lima II

pero

a veces me desnuda, ese brillo

y me tienta a escarbar dentro de mí.

esa luna que no veo pero la siento en todas las cosas

en todos los aires que respiro, sensual

en el espejo

en la forma en cómo lo observo todo

casi humana

como etérea

me rodea y atraviesa

inad

vertida

luna en Lima

Oh pequeña morena de delgada cintura…

Oh Perú de metal y de melancolía…

Oh España, oh luna muerta sobre la piedra fría…

(“A Carmela, la peruana”, Federico García Lorca)

La luna visible en Lima es inusual. Es el progreso hacia lo que será: luna llena, gigante, inexorable luz eventualmente. Ver la luna en Lima es una acción quejumbrosa porque es observar, es fatiga, es el optimismo de una noche que no se desperdicia. Pero, ante todo, es creer que aún vale la pena mirar arriba, como si fuese realmente hacia el cielo.

Y es que Lima es así. Una torrente de fatiga y de esperanza al alzar la cabeza por las noches. El intento de alcanzar con esbozo un pedazo de luz en nuestra oscuridad. Lima invadida de color, de neón, de plasma en su superficie.

Algo sucede cuando vemos la luna en Lima.

No es solo cuestión de explicarlo, porque se puede intentar explicar con palabras. Es un suceso poético, es saber que aquí también podemos verla, que aquí podemos apreciar de una belleza que no se puede comprender muy bien por qué cala tanto en uno, en una, a lo lejos. Quiebra a quien quiera quebrarse. O quien pueda.

Pero ese sentir va más allá de las palabras. Es algo que pasa en Lima cuando tenemos una luna que sabemos que existe y estará, vigilante, ausente, lejana, bella. 

Es algo que va más allá de la observación. Es una tristeza pequeña -o eso es algo que percibo en mi cuerpo- y, por qué no, una emoción primaria: algo que me atraviesa por unos instantes. Atraviesa lo rutinario, lo inerte, lo c o n s t a n t e m e n t e usual, lo limeño. 

Porque siempre está pero no la vemos, o quizá no la sabemos ver. Porque nuestro brillo, nuestro oscuro gris, nuestra honda capa de metal y melancolía (gran documental de Heddy Honigmann) y nuestro andar disperso la opacan tanto que se nos va de los ojos, se escurre con el tiempo. 

Pero,
cuando la vemos,
es ahí que aparece la sensación de amar ese preciso instante, de amar la vida,
la existencia inexplicable,
la vida como un constante detenerse, observar y seguir,
y que,
de pronto,
como una brisa que se nos ingresa por la piel,
ebullece
en cuestión
de segundos.

Y explota, explota todo
Arrasa con nosotros
Nos invade

A veces
se nos presenta como esa pequeña ilusión nocturna antes de dormir.
Otras
como lo último que ven los ojos más hermosos del mundo.
Afortunados aquellos quienes la tienen aún al despertar.

perseidas

moriré un día sobre las nubes
en una tierra que no es mía
y lo será
cuando sienta desaparecerme ebria entre las nieblas de un amanecer

o de noche, tal vez
cuando todo silencie al día rebelde
al que sale sin dormir
sin parar de sí
así, con prisa,
con la luz de la mano
para llevarme con ella hacia lo más profundo del tiempo.
será que las perseidas
pasarán de pronto como volaban las gaviotas
esa vez en el cielo divinamente negro, azulado
como flechas dolorosas,
hermosas ellas,
hacia la lejana isla
de San Lorenzo.

Travessia

Suena Cais de Clube Da Esquina. La voz de Milton Nascimento reina por sobre la emoción silenciosa. Tú manejas; yo, ventana húmeda. Una carretera improvisada nos surca el camino. Ford del ’94 rojo: un guerrero nos guía entrando la noche frente a este paisaje seco y enorme, vasto, infinito. Nos espera el sur. Persiste el silencio debajo de la música que suena como irrumpiendo: es otra música bella, también. Sé que estás creando un momento de este, con estas músicas, con el paisaje, con ese azul que empieza a aparecer a nuestro alrededor.

El paisaje que nos lleva a la Patagonia es así: estrafalario, mar de estrellas, ráfagas de luces de carros de gentes de montañas de ojos.

Ya viajaremos pronto, mi amor, ya pronto. Mientras tanto, sé que te mostraré este álbum que ando escuchando.

sentir de nuevo la magia de vivir fuerte

El viernes hice dos amigxs sin buscarlo. Creo que el universo hace algo mágico para hacer que las personas se conozcan, finalmente, en la vida. Es lo que necesita encontrar el otro, la otra. Esta vez pude creer en la magia de los instantes que generan sonrisas, de los momentos auténticos, de la amistad, de las músicas volando por las cabezas y el silencio que reposan entre las cosas alrededor, todo el alrededor mirando. El amor genuino entre las personas con las que vibras en el presente. Los honguitos cuidando a lo lejos. Todxs viviendo fuerte, bailando, cantando, viendo basket, conversando, comiendo, tomando vino… gracias gracias gracias por tanto, vida ❤

una+uno

vuelco el corazón, de pronto:

los ojos como nubes corren lento en el aire

/fotogramas de colores poéticos/

por todo nuestro alrededor.

memorias que se guardan en el alma

abro los ojos y veo un paisaje que quiero archivar:

son tus pupilas enormes cargadas de olas

.abrazo la incertidumbre. no tengo miedos contigo.

son tus pupilas enormes de atardeceres iridiscentes

.montañas etéreas. juegan con nosotros.

se extiende un horizonte de frutos salpicados

en tus manos abundantes

tan grandes

las amo

y ya no puedo sentir ese amor adentro,

solamente.

veo atrás, los escritos, las magias, y ahí es donde se asoma el principio de un caos absoluto

el más hermoso

/incipiente, qué locura es recordarlo tan lejano ahora/

ahí está, como un cristal que todo lo ve al revés

rodando con cargas de vibraciones altas sobre las pieles bajo la luz oscura

/cada noche que pasamos juntos son caricias eléctricas/

un pájaro que canta por toda la primavera,

presagia una más uno;

cientos que aparecen en el cielo,

sobrevuelan

oscureciendo este día

se hace de noche

tomo tus manos

y volamos juntos.

días

atardeceres infinitos

noches.